Espacio físico y ciberactivismo

Por M. Escribano

La aparición de las redes sociales como herramienta para la comunicación política entre ciudadanos ha sido crucial en los últimos años. En especial desde el 15 de mayo de 2011. Convocatorias de manifestaciones y asambleas, difusión de información alternativa y propuestas, intercambio de ideas entre internautas y un largo etcétera de posibilidades que han abierto plataformas como Facebook o Twitter.

Este fenómeno ha sido recibido por la izquierda y los movimientos sociales como un elemento positivo de manera casi unánime. Algo aparentemente lógico, ya que hechos como los señalados anteriormente lo refutan. Podríamos señalar algunas de las deficiencias sistémicas de estos medios y las causadas por los mismos -como es el caso de la jibarización de la comunicación que a su vez lleva a la jibarización del pensamiento, tal y como señala el periodista Pascual Serrano-, pero no es la ocasión.

Un tema que sorprendentemente casi nunca se ha puesto en la mesa de debate de los movimientos  reivindicativos ha sido la confusión que generan las redes sociales en la confrontación entre el espacio físico y el virtual, llevando a su vez a la confusión de ambos a beneficio del segundo. Un mecanismo con el que, sin duda, el poder sale ganando.

En una etapa en la que la ruptura de la hegemonía dominante se acentúa cada vez más, todo aquel que abogue por un cambio sustancial en el sistema político-económico debe aceptar una realidad histórica: la ocupación del espacio físico es vital. Aun no se ha dado ningún caso en el mundo en el que el espacio virtual haya sido el verdadero determinante.  Por ejemplo, tal y como señaló Hassanpour en Le Monde Diplomatique, las revueltas egipcias consiguieron derrocar a Mubarak justo después de que éste cortara los medios de comunicación, incluido Internet. Al no tener ningún medio por el cual comunicarse tuvieron que salir a la calle –es decir, ocupar el espacio físico- y fue justo aquí cuando la protesta se consolidó hasta acabar con el régimen egipcio. Quizá los gobiernos occidentales han aprendido esta lección.

Sin tener que desplazarnos a otros continentes, en nuestro país se suceden continuamente casos en los que los ciudadanos parecen creer que únicamente a través de las redes sociales van a materializarse sus reivindicaciones. Una evidencia reciente de esto se pudo apreciar cuando el diario El País publicó los papeles de Bárcenas. La indignación recorrió las redes sociales, consiguiendo varios Trending Topic en Twitter, e incluso hubo una recogida de firmas a través de la plataforma Change.org con la que se pretendía que el gobierno dimitiera. Mientras todo esto sucedía en el espacio virtual, en el físico se convocaron protestas en las sedes del Partido Popular de toda España. En la de Madrid, que fue la más numerosa, apenas había unos centenares de personas. Es decir, la canalización de la protesta se quedó en unos tuits y firmas digitales mientras que las calles estaban semi-vacías. Seguramente, los dirigentes implicados quedaran mucho más tranquilos así.

No se trata de despreciar estas herramientas, que pueden llegar a ser de gran ayuda, sino de tener siempre presente que son eso mismo: herramientas. Y las herramientas nos pueden servir para construir, pero nunca podrán ser una construcción por sí solas. También necesitamos otras herramientas y lo más importante de todo: destreza para utilizarlas. Creo que la izquierda y los movimientos sociales deberían hacer una reflexión crítica sobre la utilización de las redes sociales y no olvidar que, aunque éstas sean un gran avance en la comunicación, no dejan de ser un medio –además, limitado-, y no un fin, tal y como muchos creen.

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